Del amor, el odio, y lo que les subyace

El amor y el odio son dos clichés, los lugares comunes de las emociones. Pero es intrigante lo mucho que se parecen en sus causas y efectos, en sus roles funcionales, en sus relaciones con lo externo. Ambas pueden llegar a un nivel de pureza casi divino, tan sutil que uno desearía estar en la fase más pura de ese estado por más tiempo (y, por tanto, ambas igualmente adictivas: nos gustaría amar más, y más continuamente, una vez que hemos sentido el amor más puro y profundo; desearíamos odiar más, ser capaces de odiarlo todo y para siempre, una vez que hemos experimentado el odio más acendrado, el más destilado, el que se siente correr por las venas, purificando su corriente.) Las dos se confunden con emociones mucho más pasajeras y triviales: las dos se toman por efectos de superficie cuando son de raíces mucho más poderosas: por el enamoramiento pasajero, por el brote pasajero de furia. (En ambos casos, los efectos se confunden pero tardan mucho menos en aparecer y en desaparecer.) Las dos se dejan jugar entre las manos, construir, amasar; saborear lenta o desaforadamente; como si fueran superficies sobre las que uno puede extender el cuerpo y dejarse flotar: ambas son como profundos mares en los que podemos navegar. Mares tranquilos, de aguas silenciosas; también, a veces, atormentados, extáticos. Ambas pueden beberse lentamente, a traguitos, dejando que su embriaguez se construya escalonadamente, de manera que puedan notarse las más mínimas modulaciones; también pueden beberse todas enteras, de un putazo: así, a lo bestia, para morir al primer segundo y renacer, alucinantemente ebrio de amor o de odio, al siguiente. Ambas llevan a destruir y construir; ambas llevan a actuar con una certeza y firmeza de voluntad desconocida–e inconcebible–para cualquier emoción más diluida. Ambas son tabú en los tiempos en que nos contentamos con efectos, con resultantes y simulaciones más que causas subyacentes: ambas prohibidas en los tiempos de la estética sobre la ontología.

Es hasta que hemos amado el objeto de nuestro odio, y odiado aquello que hemos llegado a amar, y es hasta que en un momento de perdición hemos sentido amor por todo lo que existe–así, en lo abstracto y general, pero también en la particularidad más descarnada–, y ese amor tan puro y tan real como el también odio por todo lo que alguna vez ha transpirado su existencia por este mundo–es hasta que hemos podido revolcarnos hasta perdernos en esas ideas: en amar sin restricciones, en odiar sin freno alguno–es hasta entonces que podemos ver la transmutación de la luz: como en una vorágine que no se puede capturar en el burdo lenguaje de las palabras, el blanco y el negro se diluyen en una tonalidad más esencial, mediante un orgasmo a-personal en el que lo que existe ya no es ninguna de esas cosas, sino su fundamento último: un blanco más puro, más terso, un negro más insondable y a la vez, más amable y magnánimo: el sin-color infinito de la paz búdica, de la conciencia más mínima que es el puro existir sin afecciones ni accidentes, el puro existir en el tiempo y consciente solo de ello. Eso, ese color: el color que existe solo donde ya no hay nada. Esa raíz del árbol binario, donde los aparentes extremos son en realidad motivos de una unidad más simple y por eso mismo más inefable. Eso. Ese tono, esa no-sensación.

(tratar de vivir ahí)

Y es que, al final del día, y como dice HEALTH: we are water

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Buzo caperuzo:

Bajar, amigo, bajar: sumergirse, bucear en ti, no regresar a la superficie ni por más oxígeno; bajar y no volver, bajar y explorar los corales, el desierto interno, la llamarada interna, el bosque interno; bajar y caminar, lentamente, entre los infinitos cuasi-fractales, entre esas formas que se reproducen a sí mismas una y otra vez, cada vez un poco distintas, con un poco de desviación: entre unas voces que se repiten, o casi, en ecos que las repiten, o casi: distorsionando poco a poco, con un margen de error negligible, de medida cero, que, a fuerza de copiarse al infinito, comienza a tomar existencia sustantiva; en esas coníferas de ecos, de sombras, de olores que recuerdas en sueños: ahí, caminar, lentamente, y a veces soltar el paso y correr a todo lo que da, buscando el sol sumergido en tus océanos, el sol que vive no afuera del agua, sino en las más profundas cuevas: bajar, amigo, bajar: sumergirse, bucear en ti, no regresar a la superficie ni por más oxígeno; bajar y no volver, bajar y encontrar que en el núcleo vive una vida más rica y colorida, más formada y pesada, que en la corteza,

Bajar y poner el dedo, aleatoriamente, sobre algo, lo que sea; porque en esas profundidades sólo se encuentran tesoros, y en cada rincón, en cada rincón del rincón, está también una pista, una señal, un símbolo,

Bajar y poner el dedo sobre ello, etiquetarlo, nombrarlo, y tomarlo, y llevarlo sobre las espaldas, caminando lentamente desde la cueva más baja hacia donde, punto apenas distinguible, está eso: la conciencia, la voz con la que te hablas y las luces que entran, prístinas, en tus ojos, bajo el foco de la atención;

Llevarlo, y ponerlo al sol, dejar que se seque y que el viento lo desempolve. Y entonces, así nada más–observarlo, atónito

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Del sentirse orgulloso de las cargas

Aprendemos que la felicidad de hoy es la nostalgia de mañana. Y por eso, desencantados, preferiríamos ser como árboles: incólumes, persiguiendo–con la lentitud de la respiración y los órganos extendidos al sol–lo mínimo, lo indispensable; sólo lo absolutamente esencial. Preferiríamos enflacar nuestras avaricias, rechazar todo resquicio de esperanza, y vivir en ceros. En ceros absolutos: con un alma raquítica y un deseo tan indistinguible en las mareas de la vida como el chirriar diminuto de un grillo enmedio de la urbe.

Preferiríamos, pero no estamos hechos así.

Gozaríamos en el deseo mínimo. O algo parecido: un ya-no-gozo, un algo más sutil que ya no es gozo porque es muchísimo más imperturbable. Un ser casi mineral: casi seco y tosco como concreto, amortajado en sí, viendo el mundo mucho antes del concreto mismo.

Preferiríamos.

Nos vemos ansiosos, en la avaricia intrínseca de la existencia: desear más, necesitar más. Con cada respiro, más. Otro respiro. Otro segundo. Otro centímetro de vida, otro milímetro más de universo cubierto de nosotros mismos. Poseído. (Uno cree.) Nos vemos ansiosos porque, al final, nos es insoportable la contingencia. Lo pura y absolutamente pasajero. Deseamos más: otro respiro, otro centímetro. Una palabra más. Otra seguridad más.

Desencantado, el animal busca dejarse tras de sí. Ser menos animal y más nirvana. Menos palabras y más respiros. Menos respiros y más vacíos. Ser menos nada y más nada. Poco a poco.

Lo busca, pero no lo alcanza.

El animal debe dejar de intentar olvidarse. Dejar de intentar perderse o sepultarse para siempre. Dejar de intentar lanzarse fuera de sí, lejísimos, a la sombra de quién sabe qué cuerpos opacos. El animal:

Las cosas que nos pesan, que nos impiden viajar a la velocidad o hacia el destino que nos proponemos; las cosas que están de sobra, que estorban: fotos deslavadas, símbolos de un lenguaje que ya no hablamos (que hemos olvidado o, quizá, desaprendido a voluntad), fetiches cancerígenos de obsesiones recurrentes, rostros de personajes que creímos reconocer en sueños. Las cosas que nos pesan, paquetes a cuyo yugo nos hemos acostumbrado y sin el cual, de repente y sin saberlo, ya no nos imaginamos. Ecos idiotas, aquéllo que nos guardamos tan pegado a la piel comienza a confundirse con ella. Sombras de una figura que también se hizo sombra, los laberintos que disfrutábamos dibujándonos tienden a convertirse en nuestra vida misma. Las cosas que nos pesan, que sobreviven gracias a las mentiras que nos contamos, que nos contaron — esas tienen que derribarse. So pena de perderse dentro y alrededor de ellas. Sólo quienes aprenden a reconocer sus anexos, sus prótesis, tienen el derecho a esperar un mejor destino. Cuando hemos dejado lo insalvable podemos pasar por donde sólo cruzan quienes van vestidos por lo meramente esencial; sólo deshaciéndose del exceso de peso podemos exigir nuestro derecho a caminar otros caminos. La vida o es aprender a arrancarse las costras extrínsecas, o no es nada.

Dejar de intentar olvidarse. Enorgullecerse de la pesadéz. Cargar lo que haya que cargar: la espalda recta, los ojos bien abiertos. Saborear cada segundo, con un afán casi masoquista–si no fuera porque no lo es, en absoluto. Enorgullecerse y llevar la carga: hacerla parte de la propia piel. Hacerse de todos esos fragmentos. Refabricarse. Olvidar quién era; porque antes–en esa pureza incólume del vacío con rostro, del concreto que huele a humano–no se era nadie: no se era nada.

Serlo todo.

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“…till you choose to let this go.”

Saturn comes back around. Lifts you up like a child or drags you down like a stone to consume you till you choose to let this go.
Give away the stone.
Let the oceans take and transmutate this cold and fated anchor.

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De la vida como pasaje, por diezmilésima vez

Cómo puede una sola vida llevarnos y traernos, dejarnos acá y ponernos donde hemos de comenzar a ser y a dejar de serlo. Cómo puede una sola duración, tan breve como sea, dejar que nos sucedamos así, tan veloces, tan mortales, tan efímeros pero también tan eternos en un tiempo que ya nunca lograremos alcanzar. Curioso, el niño del tiempo pone un bloque, y tira todos los demás de un manotazo. Juega a no sabernos a donde ir. Juega a burlarnos en nuestros planes, de por sí ridículos e insignificantes; y a poner una nueva ficha. Ríe. Aleatoriamente, ríe. Un gesto. Una pasajera idea. Una ceja inclinada, una sonrisa infantil. Ríe. Nuestra vida, frágil y estúpida, da un vuelco. Cómo puede, ella sola, breve, estúpida, tropezándose, dejarnos acá, ponernos allá, donde hemos de comenzar. De nuevo.

Me despido, no sé cuántas veces.

Me encuentro, una y otra vez. Destruido, devastado, una y otra vez, extraído de raíz, saboteado de cuerpo entero; me despido, me encamino, siempre y una y otra vez, desde esta experiencia totalmente egoísta que es la nostalgia, me encamino hacia una otra chingadera que apenas se puede vislumbrar. No sé cuántas veces. Nunca sabes. Solo sabes que dejas ir. Aferrado, si quieres. Estúpido, noqueado como la vida misma, tambaleante y medio cegado. Dejas ir; porque nada es de nadie: ni siquiera tú de ti. Dejas ir; enfurecido, triste si quieres, o esperanzado y firme, dejas ir. La muerte.

La muerte: así me sabe.

La muerte; lo que dejas ir.

Enfurecido, triste si quieres, o esperanzado y firme; suponiendo que todavía hay algo que cerrar, pero no lo hay. No hay nada que cerrar. Un flujo imparable; nada que cerrar, así lo dejas ir.
Y luego comienzas. Otra vez.

Necio.

Obstinado.

Otra vez.

Otra cosa.

Otra vez.

Nos vemos, pasado; vida mía; amor de mi alma; hermano de mi sangre; nos vemos, sin saber cuando o si sí: así lo dejas. Sin esperar. Sin pretender saber: así lo dejas. Ya sabrá el amanecer qué hacer consigo mismo.

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De las emociones más potentes como alimento

Las emociones más profundas se deben disfrutar como un buen trago, como un bocado cuidadosamente preparado. Experimentarlas con todo lo que es uno, dejar que nos recubran y vivir en ellas mientras van, lentamente, perdiendo su intensidad. La melancolía profunda, la decepción profunda, la furia que explota o el odio acendrado–y el amor, inacabable, infinitamente extensible, pero también infinitamente delgado y suave, ligero y transparente, que busca recubrirlo todo.Saborear cada uno de sus tintes y recovecos, sus sombras y puntos de fuga. Dejar convertirnos en ella por cuanto dure. Y entonces, pasada la experiencia, resurgir al estado monolítico de la vida cotidiana.

Lo que no hay que hacer es dejarlas y venir, en una marea que nos ahoga. Lo que no hay que hacer es dejarlas ser sin haberlas notado, sin haber saboreado, concientemente y a plenitud, sus extremos. No ser la tierra de la que se alimentan: hacerlas nuestro convite. Una y otra vez, beberlas. Masticarlas con calma.

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Del misterio experimentado al estar vivo

6.5 Para una respuesta que no se puede expresar, la pregunta tampoco puede expresarse. No hay enigma. Si se puede plantear una cuestión, también se puede responder.
6.521 La solución del problema de la vida está en la desaparición de este problema. …

–Wittgenstein, Tractatus

Algunas veces el misterio de la vida se nos presenta de manera directa, evidente, inevitable. Nos abofetea el rostro, diciéndonos: “Estoy aquí, ¡CABRÓN! ¿Qué acaso no puedes sentirme?” Y nos sacude los huesos, moviéndonos: “Soy un inefable, un inconfundible inefable”, y el cuerpo se sacude, el alma se sacude, y uno piensa: “La vida es un misterio”. Porque la vida, en sí misma, es un misterio; y porque nosotros, pobres animales, podemos sentirlo. Gozarlo. Ser éso.

La vida es un misterio. No porque haya algo más allá de ella. No porque exista un misterio fuera de ella. No porque tengamos almas inmortales que se conectan, quién sabe cómo, con este mundo material que percibimos todos los días, en el que compramos refrescos, en el que echamos caca en el excusado, en el que fallamos como personas y nos arrepentimos del pasado o alegramos por el futuro. No porque haya algo fuera de ella. Sino porque ella, en su pura inmanencia, en su puro ser ella, ella misma–la vida–tiene tanto que no comprendemos. Y no sólo eso: tanto que no está hecho para comprenderse.

¿No es, acaso–pregunto, ¡filósofos!–no es, acaso, ver el rostro de aquélla a quien amas, una prueba irrefutable del misterio de la vida? “¿Cómo puede ser que tú existas?“, se pregunta el hombre sensato. ¿Cómo puede ser que podamos hablar del vínculo del amor? Y, sin embargo, lo hacemos. (Y, sin embargo, lo hacemos.)

“¿Cómo puede ser que pueda sentir empatía por tí?” –le pregunta el hombre al animal. (Al otro animal.) Lo ve a los ojos, en su sufrimiento indescriptible–literalmente indescriptible, porque el lenguaje no se comparte–y le pregunta: “¿Cómo puede ser que pueda sentir empatía por tí?” Es la magia. La magia de la biología. La magia de la biología en un mundo donde la vida es, esencialmente, el éxito frente a la violencia pura. Ahí triunfa eso–éso que podríamos llamar amor. Ése accidente. Ésa contraindicación de la historia natural. El amor que lo recubre todo. Que busca extenderse indefinidamente. Ésa sensación. La persona finita que busca darse a lo infinito que es su complemento–mediante el amor.

¿Cómo puede ser que tú existas?“, se pregunta el hombre sensato. (Al verla, al sentir su cuerpo sobre su cuerpo, estremeciéndose; al escuchar la música de su caminar, el indescriptible caos de su respiración, la discontinuidad total con que entrega la energía que te mueve hacia todo lo que no es ella.) Y no recibe respuesta. Porque algunas cosas no merecen ser preguntadas. Porque algunas preguntas ni siquiera pueden estar bien formuladas. Porque en ese rostro, en esa mirada, en ese instante que ahora reconoces, está el misterio de la vida: éso que parece más allá de ella–metafísico, extra-natural, divino–y que, contra toda posible apariencia, está aquí: demostrándote lo corto de tus miras, lo limitado de tu teorizar: el misterio que existe porque es ininteligible, que está ahí sólo para pertubar tu inteligibilidad. El que está ahí solo para recordarte que, a veces, es mejor bailarlo: danzarlo, soltar las amarras y dejar que se responsabilicen los oceános–dejar que te recuerde el insondable del que provienes, y el infinito, oscuro y terso, hacia el que vas.

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