Extrañamos no (simplemente) el lugar que dejamos; sino el que nos acompaña en la cabeza, el que se quedó ahí – en las imágenes y los ruidos, los olores, las sensaciones indescriptibles. Extrañamos las emociones que asociamos con todo ello, las lecciones que aprendimos y olvidamos, los fragmentos que no podemos recordar y los inolvidables. Llevamos con nosotros un docuficción, parte historia real, parte construcción ficticia de nuestros deseos, miedos y esperanzas. Llevamos con ello nuestra historia; lo más cercano que conozco al amor por una no-persona. Extraño los lugares y momentos en que pude sentirme yo mismo, conciente, vivo, despierto –mejor: en que, visto desde ahora, me sentía despierto. (Somos autómatas gran parte del día). Asentarse en un lugar es saber trazar varias historias con él, en su paralelo, una después de la otra – no una rutina, que es automática; sino una historia, bien escrita, delineada, con plan y maña: sólo cuando se logra descubrir un ritmo –el ritmo de ciertos locales, pequeños, para los timoratos; el ritmo de trozos más grandes, para los ambiciosos– y jugar con él.
Extrañamos no (simplemente) lo que dejamos, sino lo que nosotros vimos en ello; la reacción, el puente entre aquéllo y uno mismo. Lo que ello hizo en nosotros, lo que de ello se quedó en nosotros.
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Me gusta tu blog.
No termino de leerlo, pero encuentro placenteras lecturas cuyas letras son personales, por no decir que con estilo propio y, al mismo tiempo, nacen con las ganas imperiosas de compartir sangre, o simplemente un momento, decirle a todos “¡Ey, aquí estoy!”
hey, gracias!!
Wey, creo que le debes una entrada que se titule: Ey! Aqui estoy!
jaja, chale conmigo