Estoy pensando en diferentes sentimientos en éste momento. Pienso en un sentimiento de abandono: no de sentirse abandonado, sino de sentir que se está en un proceso en el que se abandona algo y en el se debe abandonar algo. También pienso en ese raro sentimiento de culpa de quien sostiene una mentira. Pienso en la mentira del racionalismo. Pienso en ella porque yo, quizá no tan el fondo, no puedo convencerme de su verdad. Sin embargo, como en muchas otras cosas, se sostiene una mentira por razones morales. El sacerdote incrédulo sostiene a Dios porque necesita un bastión, un soporte para la gente; el revolucionario vencido sostiene la esperanza de la victoria porque prefiere la masacre antes que el abandono de los ideales, los ideales morales con los que guía su vida. ¿Qué pasa con nosotros, los racionalistas pesimistas, los sacerdotes ateos de la Razón? Sostienen la primacía de la Razón, con esa mayúscula que reifica, porque le tienen miedo a lo fácil que es el extremismo de los irracionalismos. Le tememos a esas frases: “No todo tiene una razón. No todo puede explicarse”, porque le abre las puertas a la fe, al corazón rebelde, en asuntos que están fuera del dominio de la pura subjetividad. Quizá tememos descubrir el propio pecho irracionalista, y decir: “Sí, también hay fé. También hay corazones que estallan: por los ideales, por la patria…” ¿Por qué? ¿Qué hay de peligroso en ello? El peligro, para los racionalistas que son irracionalistas, es que la irracionalidad no discute. La razón argumenta, exige y ofrece pruebas, alienta los debates y respeta cuando éstos han llegado a su fin definitivamente. La razón reconoce triunfos y derrotas, aunque busque nuevos senderos. No la irracionalidad, que es necia, que se deja llevar por impulsos fundamentalmente místicos. (Para aclarar: el debate racionalidad/irracionalidad sólo tiene sentido, para mí, en el plano intersubjetivo, público). La irracionalidad postula ideales o senderos que sólo sigue por una intuición, un impulso fundamental, como una visión. No los discute. Y si esos senderos terminan en el mal, no es un bloqueo suficiente para detenerla. La fe es ciega ante las pruebas de la razón. El único problema es que la razón es lo único que le queda a los hombres para tejer un puente de diálogo, de intersubjetividad. Sí, vaya: que la razón es un remanente teológico, vale. Pero quitando ese puente, queda la nada. Total e irremediable. Así que o mejor seguimos sosteniendo esos postulados regulativos y con pretensiones de validez universal, o nos dejamos caer en el más pleno mar del vacío. Y otra vez: sin esos ideales regulativos –se pregunta el sacerdote ateo– ¿cómo nos vamos a regular? Un optimista dirá: que los hombres, en cuanto sujetos, se regulen a sí mismos. Pero el optimista, como todo pesimista sabe –y quizá no haya mayor pesimista que el sacerdote ateo–, es siempre un poco miope y otro poco necio. Así que, repito entonces, si es que hay que lograr normarnos de una manera, mejor que sea de la manera más abierta posible. Y no se me ocurre otra cosa que la racionalidad. Pero entonces esos fragmentos de mí que aún dicen “¡La fe! ¡Los ideales!” saben que me miento, que quisiera decir: “Sí, vaya, no todo lo explica la razón. Hay cosas que no podemos explicarnos, y es mejor que así vivamos, acostumbrados a ello”. El lógico en mí dirá: sí, y a esperar sentados al romanticismo político, al totalitarismo.
También pienso en el sentimiento del agradecimiento, un agradecimiento abstracto más o menos kitsch. (Como cuando la primera diva de esta noche, Alanis Morissette, canta/grita: “Thank you, thank you, silence”. Claro que, visto bien, es una línea horrible: “Gracias, gracias, silencio” es un lugar común, un versillo vulgar. Pero nada me impide, desde hace ya mucho, conmoverme con cosas que no pretendan ser arte. Que un lugar común me conmueva es quizás señal de malgusto, pero hay veces que me enorgullece mi malgusto). Pero no sé bien a qué sería ese agradecimiento abstracto. Quizás a demasiadas cosas: tantas, que mi cabeza pierde las ganas de enumerlas a todas.

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Kundera sobre el coqueteo:

Si para las otras mujeres la coquetería es una segunda naturaleza, una rutina sin importancia, para Teresa se ha convertido en el punto clave de una importante investigación que tiene por objeto enseñarle de qué es capaz. Pero precisamente por ser para ella algo tan importante y serio, su coquetería carece de levedad, es forzada, voluntaria, exagerada. El equilibrio entre la promesa y su falta de garantías (¡en el que reside precisamente el virtuosismo en la coquetería!) queda roto. Promete con demasiado fervor, sin dejar suficientemente clara la falta de garantías de la promesa. En otras palabras, le parece a todo el mundo excepcionalmente accesible. Y cuando los hombres reclaman después el cumplimiento de lo que a su juicio les fue prometido, topan con una violenta resistencia que no pueden explicarse más que suponiendo que Teresa es mala y taimada.

Si en el coqueteo también hubiera escuelas, creo que yo sería de la escuela tereseística.

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Sigo prendado del siguiente pasaje, de un poema de Luis García Montero:

Yo sé
que el amor tiene letras diferentes
para escribir: me voy, para decir:
regreso de improviso.
Cada tiempo de dudas
necesita un paisaje.

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Algunas veces me he sentido triste por otras personas, y esa tristeza me provoca un asco hacia mí mismo. Me explico: me molesta darme cuenta de que estoy pensando cosas como “Pero qué horrible ser la madre de éste/a tip@: alguien sin talento, que sólo sabe drogarse, que no tiene ningún futuro útil para la humanidad” frente a algún(a) amig@ o conocid@ mí@. Me pone triste encontrarme frente a personas que, dicho llanamente, no sirven para nada (para nada productivo, quiero decir). Pero me molesta esa tristeza, porque entonces empiezo a decirme: “Vaya, así que el señor tiene una vanidad que no cabe en ésta habitación”. No me gusta esa sensación. Siento una vergüenza parecida a la vergüenza que sentí hace poco cuando, viendo un documental sobre Gabriel Orozco, alguien habla sobre los artistas británicos. Corte, supongo que ha tirado una fila de nombres. Entonces Orozco escupe: “güey, de todos los que mencionaste, yo soy mejor que ellos” y yo siento vergüenza por ese hombre, por Orozco.

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Hace una semana estuve en Veracruz. Tengo mucho qué decir pero no tengo ganas de decirlo aquí. Pero aquí una foto:

Salto de Eyipantla

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En ese mismo documental, cuando le preguntan a Orozco qué pensará en 20 años cuando vuelva a ver ese documental sobre él mismo, el responde algo así como: “Pensaré que era muy ingenuo, que hablaba de más, que opinaba de todo sin saber, y que estaba muy seguro de mí mismo”. (Uno puede creerle a Orozco, después de escucharlo hablar sobre el arte. Es el lugar común de todo filósofo: el esteta dice: ‘los artistas son buenos haciendo arte, no hablando de arte’; el filósofo de la ciencia dice: ‘los científicos son buenos haciendo ciencia, no hablando sobre ciencia’; y así todos los que están en una meta-disciplina). En fin. Me ha pasado como a Orozco cuando reviso archivos viejos de mi blog. Y así me pasará.

5 Responses

  1. ¿Te dan tristeza güeyes así? Órale. No pienso que fuuuta te creas la mamá de Tarzán (no digo que valga mi opinión, tampoco :P ), más bien me es inconcebible ponerse triste por alguien más. Quizá por alguien que refleja algo pendejo de mí mismo, y en ese caso me molestaría (o me causaría gracia, en la medida de su pendejez). “Qué loco”.

    Fíjate, eso de la irracionalidad como que no me afecta demasiado porque a la hora de discutir con la gente más que nada me fijo que su discurso sea consistente (en la medida de lo posible) y que además sea… pues… digamos… útil, de alguna manera implícita ya me fijo si las premisas de las que parten tienen chiste (imagino que es el “útil” que no sé cómo explicarlo bien). Nunca he entendido por qué le ponen “temores” a tal o cual postura; imagino que son expresiones con sentido figurado nomás.

    ¿Lo son?

  2. Alguna vez Ernesto Cardenal , sacerdote sandinista de la teología de la Liberación dijo:”Ser ateo es lo más racional del mundo”, y acto seguido hizo una disertación sobre la naturaleza humana en la que concluye que si bien la razón nos hace seres humanos también lo hace la sinrazón.

  3. Sí, luego no es tan conveniente ponerse triste, emputarse, o sentir cualquier clase de compasión (en un sentido etimológico, proyectarse y sentir las pasiones/sentimientos que el otro siente), porque luego las cosas te afectan demasiado y te vuelves un clavado.
    Y quizá lo que dices, Aldo, es un poco un criterio de racionalidad (checa la postura pragmatista en las teorias de la verdad, de la racionalidad y de la normatividad en la ciencia). Y sí, lo de los temores sí es un poco en sentido figurado.

    Y quizá sí, Ernesto, pero a mí lo que no me convence que todo lo humano tenga que ser necesariamente aceptable.

  4. Sí, algo he leído sobre eso. Creo yo que es una de las maneras de llevársela más tranquila, en el sentido de menos broncas con diversas posturas. Pero no le pongo que sea eso porque tampoco lo es exactamente, y si digo que soy tal o cual, la gente va a asumir (con razón) que lo soy. Y ciertamente no lo soy :P

  5. Y hasta ahora me entero acerca de la clavadez… jaja

    Yo creo que el hombre es taaan subjetivo que bien lo podria describir como un bipolar de bajo octanaje. Y cuando hablas de que alguna condicion humana sea aceptable ya te estas metiendo con etica o cosas asi que son (como todo en esta PINCHE vida) subjetivas.

    Es aceptable ser sincero? aun cuando se trata de hacerle ver a la otra persona que esta re-pendeja? Osea, es aceptable matar a esa gente sanguijuela de la sociedad? a los violadores? asesinos? rateros?

    Quizas para que algo sea aceptable tiene que estar bien y no estar mal, lo cual ya coquetea con aquel viejo titulo de mas alla del bien y del mal…

    Y pues ya veo como mi deporte favorito es discutir inutilmente aun cuando se que quedo como un total idiota (incluso aunque sepa que tengo cierta razon, osea, no soy un total pendejo, tengo neuronas y las se usar!)

    en fin…

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