De todos modos Tujiko Noriko canta I don’t wanna miss anything. Anything. Anything. Anything. y termina con el Cry for no one. Cry for no one. Porque no sabes qué decir, o si preguntarte si tuvo el más mínimo pendejo sentido. No, ninguno, respondes, pensando otra vez, miles de veces de nuevo, y el libro abierto frente a ti porque estás harto de darle otra oportunidad para que le creas, y no puedes avanzar dos líneas sin que vuelvas, y lo mismo, que ya debería perder toda importancia. Pensándolo bien, dices, todo es tan ridículo. Siempre es tan ridículo cuando lo miras desde lejos. Y esperas que el libro de A. S. que debes leer te dé alguna pista, pero te asquea su estrepitosa falsedad, sus ansias de convertir al mundo –según ininteligibles conceptos– en poco más que sus aburridas inesperanzas. O esperas que cualquier cosa te de una pista, pero siempre terminas concluyendo lo mismo. Como siempre, en todo caso. Y esperas salir de la biblioteca y llegar a casa y la luz de la tarde y estar sobre la cama y leer un poco sin ningún interés y dormir, estrepitosamente. Esperas salir pero te encuentras con que las cosas no se desvanecen así, con tanta simpleza, porque caminas y todo está a su sombra, a la sombra de quien nunca esperaste estar. Y caminas y el camino ya de noche, el lugar donde se estuvo, lo que nunca imaginaste pensar. Y la misma mierda y las mismas conclusiones. Poco más que las aburridas inesperanzas. Todavía no estás muy seguro de qué decir. No estás muy seguro de si deberías sentarte, pensarlo bien, reír un poco. Llegas a casa pero es lo mismo, y escribes, con la seguridad de que podría estar en cualquier lado, con la seguridad de estarte deslavando poco a poco. Entonces te sientas y quieres reír, pero no haz dado cuenta de por qué. Siempre tan ridículo, bien mirado y desde lejos. La misma mierda, supones, pero tal vez no sea verdad. Y dices, obviamente, que ya no pensarás más lo mismo. Que puedes caminar igual. Que las articulaciones se mueven con igual soltura. Que la cabeza no ha dejado de trabajar. Y las manos sonríen y tú esperas y la boca sigue hablando, y los pies bien colocados. Y lo dices, pero apenas das un paso, apenas extiendes la pierna, apenas levantas la cabeza, y lo sabes. Y el mundo, siempre demasiado. Poco más que las propias aburridas desesperaciones. El lugar donde se estuvo. Siempre la misma mierda. Y lo dices todo para esperar. Esperar seguir igual. Esperar lo mismo de siempre, el camino aburrido de ida y vuelta, el camino aburrido de encontrarse con las mismas conclusiones. Las ya sabidas. Sólo cerrar las manos, pensar un poco, hablar, ponerse de pie. No te preguntas por qué porque crees saberlo, pero estás seguro de que no es así. El lugar donde estuvimos, mi fetichismo tonto de los lugares. Mi tontería. No sé por qué escribo entonces.
Lo del fetichismo de los lugares es tan odioso, tan inevitable. Afortunadamente los lugares que me quedan estan muy lejos de mi alcance.
duermo en un cajón