1)
Estoy harto de tres cosas: de lo políticamente correcto, de lo políticamente incorrecto, y del uso de éstos dos términos. Está muy jodido ser políticamente correcto, porque entonces hablamos de institucionalidad aburrida y de discursos de analistas políticos que siempre dicen la misma mierda. Parece que todos -editorialistas, conductores, reporteros, columnistas, políticos- tomaron el mismo curso de filosofía política posmoderna con el mismo estúpido profesor. Qué cosa: de Denisse Dresser a Javier Alatorre, todos hablan del ejercicio democrático, de los tiempos de las instituciones, de los juegos de contradicciones, del discurso. Una cretina incluso habló del “metalenguaje” político, para referirse a las jodidas expresiones faciales y la presentación personal. Que nadie le pregunte a esa mujer qué carajo es un metalenguaje. Las licencias poéticas y las pretendidamente lúcidas metáforas se han vuelto un lugar común: Brozo se atreve con la “geometría política” cuando Betty Walls discurre sobre la izquierda y la derecha. Qué idiotez. Todo por sonar inteligente, provocador, sagaz. Vomitar lugares comunes institucionalizados en los ‘90 para formar un lugar común: lugar de confluencia, mar de baba, y modelos preexistentes para rellenar media hora de noticieros, una editorial o dos artículos. Tal vez tres guiones. Da igual.
Luego está la incorrección política: el sonar provocador, esbozar una sonrisa cínica, hacer entrevistas que parecen debates. El problema es que no hay elegancia. El problema con una buena parte de absolutamente todo es que carece de cerebro, que no le importa ser un poco inteligente. Que no se molesta en revisar un poco el asunto, conceder un principio y revisar un poco el asunto. Lo que importa es parecer feroz, crítico, un chico rebelde. Asquito.
Este chingado proceso electoral me está haciendo daño. Lo peor de todo es que no es divertido.
2)
La verdad es que mi amiga favorita sí se llama intolerancia. No es mi culpa, parece que la gente anda por ahí ansiosa de ser criticada. De un lado a otro. Uno comprende así, vastamente, un Fernando Vallejo diciendo: “si el Estado está para reprimir y dar bala”. Lo mejor de todo es que no se refiere a un Atenco (y si parece que lo hace, ese lado no es de mi interés): se refiere al nihilismo cotidiano que contagia un taxista que lleva una minitelevisión en su coche para ver las tetas en BigBrother, al panista que postula la equivalencia de pobreza y flojera, al perredista que no se cansa de vociferar chingatumadres. (Lo admito, vociferar chingatumadres es divertido. Pero uno tiene sus límites. El problema con lo que llamamos izquierda es que es demasiado visceral. Los atractivos que tiene son opacados por sus reflejos condicionados: cargar mantas, vociferar chingatumadres, hacer huelgas de hambre. Tal vez sólo tiene huelgas de hambre para hacer algo, pero eso es aburrido. No se preocupa por la elegancia de la Razón -con esa mayúscula ilustrada: le divierte más gritar consignas. Es cierto, tal vez estoy hablando como pequeñoburgués. Bueno, en realidad no trabajo, lo que gasto es fruto del sudor de la frente de mis padres. Tal vez mis padres también son pequeñoburgueses. Lo importante es que creo que la verdad -estoy harto de buscar rodeos para hablar de la verdad- está más del lado de las tendencias de izquierda, y lo que iría mejor con ese trajecito sería la racionalidad. Tal vez soy demasiado idiota. Tal vez digo cosas sin ninguna autoridad moral Pero que se me aviente la primera piedra… tal vez escapo de la manera más barata) En fin, el problema es que la estupidez es un virus. No miento, yo mismo soy demasiado estúpido, y no es recurso retórico para suavizar mi señalamiento: de verdad, soy demasiado estúpido. (No, really!) El problema es que la gran mayoría de absolutamente todo lo es: ¿el monitor frente a su jeta? Es inmensamente estúpido. El reggaetón es el lado idiota de moneda de la liberación sexual, y eso nos habla de lo inmensamente tonto que es todo. Quiero decir, la liberación sexual es una obra inteligente. Pero que un cretino ande por la calle con el estéreo a todo volumen que nos hace saber que algún sudamericano genial está listo para recitar un nuevo, machista verso, con un tambor detrás que marca “tu-túuuun-tun-tún” me revienta. (Está bien, esa es una expresión de Mafalda) No soy precisamente tolerante. La tolerancia es un valor de la democracia. El problema es que la democracia pequeñoburguesa del IFE me importa un comino. Andar por la calle con un corte medio rapado y medio largo sin que te griten o algo así, es muy bueno. Pero no me pidan lo mismo para otras miles de ocasiones. No puedo evitar quejarme. Criticar. Reventar. Ser demasiado idiota, porque no alcanzo a comprender la diferencia y esas cosas. Está bien, el problema es que lo mismo se dice acerca de quienes no comprenden mi diferencia. Whatever that means. Sí: no me pueden pedir que no me queje de comunicadores idiotas, de servidores públicos alelados, de transeúntes ideológicamente repugnantes. Otra vez, whatever that means.
Me siento bien criticando y, entre todas las defensas posibles, la que mejor queda es la que dice que criticar es tarea intelectual inevitable, deseable. El problema es que hayan tantos intelectuales, y casi todos prescindibles.
Una de las cosas que he aprendido de la blogósfera y la TV en tiempos en que tanto la corrección como la incorrección política están berreadísimas y recontramanoseadas es que lo mejor para ofender y provocar ya no se reduce a ser políticamente incorrecto, porque eso ya se ha vuelto predecible, y quienes se ofenden (y no son tan giles) saben que si lo hacen están cayendo en el juego. Porque los PC están muy enfocados en caer bien; y los PI en caer mal. La postura más difícil, la menos popular, y a la vez la que creo que puede ser la más incitadora de bronca (y de polémica) es la de ser políticamente acorrecto.
Estoy de acuerdo si esa ‘a‘ denota crítica inteligente, no babosadas de ‘metalenguaje’ y ‘geometría política’. (Acabo de re-leer mi post y me gustó un chingo!)
saludonnnsss.