Sinéad O’Connor: Troy (Remixes)

Y como me cagó que tiraran MegaUpload y también porque me da algo de risa esos intentos weyes de parar lo que no se puede parar, y porque en dos meses espero estar viendo a esta mujer en Veracruz, y porque son remixes muy chingones, y porque está medio difícil encontrar de dónde bajarlos, y porque la rola es una hermosura, y porque nunca hago esto, aquí están los remixes de “Troy”, de Sinéad O’Connor: enlace a Mediafire.
El tracklist:
1 Troy (The Phoenix from the Flame) [Schiller Airplay Edit] 4:03
2 Troy (The Phoenix from the Flame) [Rob Seale Remix Edit][Edit] 4:39
3 Troy (The Phoenix from the Flame) [Kay Cee Laidback Edit] 3:36
4 Troy (The Phoenix from the Flame) [Schiller Club Mix] 9:00
5 Troy (The Phoenix from the Flame) [Kay Cee Power Mix] 9:06
6 Troy (The Phoenix from the Flame) [Schill Out Remix] 5:21
7 Troy (The Phoenix from the Flame) [Felipe Inoa Tribal Mix] 10:59
8 Troy (The Phoenix from the Flame) [John Creamer & Stephane K Dub] 12:51

(por cierto que los “ripeé” a 320 kbps, ‘tons pues se oyen muy bien.)

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Signs of the times

Hace poco, cuando una compañera aleatoria de la secundaria, y la prepa, me agregó a Facebook (conversación: “Hola, cuánto tiempo!”, ella: — ), volví a tener esa sensación: la del temor ante el tiempo que ha pasado. Que uno tenga 25 y sienta signos de vejez es, asumo, idiota. Pero pasa. Que a veces te de güeva buscar nueva música porque ya tienes tus gustitos afianzados; o que sientas el, sí, presente y real salto generacional. Qué extraño y qué gracioso, pero también qué –levemente– triste. Para compensar, me apego a mi ideal del viejo sabio y afianzado, que mira feliz en retrospectiva. A final de cuentas, me emociona más la vejez experta, con mapas orgullosos bajo el brazo, que la juventud ansiosa de conocer lo que desde el retrovisor aparece trivial, hasta dañino.
No es que esté en contra de ese impulso juvenil. De hecho, me encanta. Pero para mí es un medio. No podría ser un niño eterno.

Y desde hace unos días, quizá una semana, voy sintiendo una sensación algo rara. La sensación de que algo va acabando en mi vida, no sólo pronto la maestría, no el tener ya 25; una sensación de que es hora de buscar y encontrar nuevos intereses o nuevas emociones, nuevas ocupaciones. Creo que podría recordar –y seguro que leyendo mi blog, mejor– varios meses en que algo me obsesionaba, en que fijaba mi atención en algo; súbitamente, poco después, lo estaba explorando. Así ahora. Hay que buscar nuevos horizontes. (Algo que suena tan grandilocuente en realidad es bastante íntimo: horizontes psicológicos, de exploración de sí mismo y su relación con el mundo.) Nuevos horizontes y nuevas maneras de interactuar con el mundo y las personas; nuevas personas también; no lo sé. Ello mismo se va desarrollando poco a poco.

No me considero alguien inestable, porque puedo trabajar en un asunto dado durante mucho tiempo; sí creo que siempre me gustar estar a la caza de un cierto objetivo muy personal, en épocas relativamente bien claras. No puedo comprender esas mentalidades que no soportan períodos fijos y largos, que sufren una ansiedad extraña por siempre ser diferentes, por siempre encontrarse diferentes; tampoco soporto aquéllas que no pueden dar un paso en la oscuridad o arriesgar lo más mínimo. Como en tantas cosas, voy por el justo medio. Hay que aprender a establecerse –pero una vez que se ha vivido de camino.

Esto no es una tarea trivial. Sabemos gracias al trabajo en neurociencias que:

… a more conservative orientation is related to greater persistence in a habitual response pattern, despite signals that this response pattern should change.

Es decir, la personalidad conservadora tiende a responder de una manera fija, aunque se enfrente con señales que le indiquen lo contrario. Mientras tanto:

Liberals, by contrast, report higher tolerance of ambiguity and complexity, and greater openness to new experiences on psychological measures.

Pero, al mismo tiempo, sabemos también que la mentalidad conservadora tiende a brindar más felicidad que la mentalidad liberal. Esto es un hecho ciertamente extraño y fascinante. La hipótesis de Napier y Jost (en el artículo referido), jalando de la muy interesante teoría de system justification (o justificación del sistema) y con un buen soporte empírico, es que los conservadores en política tienden a justificar el status quo –lo cual a su vez les provoca satisfacción personal– y que, gracias a que logran justificar las injusticias sociales, pues tienen algo menos de lo que preocuparse. A diferencia de la banda izquierdosa, quien no puede dejar de sentirse incómoda con la inequidad, la banda derechosa la ve como un producto justo, derivado de un sistema que es básicamente el correcto (¿no explica esto buena parte de la vida política de México? Por algo últimamente soy fan de Jost y colegas). Leemos:

… our research suggests that inequality takes a greater psychological toll on liberals than on conservatives, apparently
because liberals lack ideological rationalizations that would help them frame inequality in a positive (or at least neutral) light. This
could explain, in part, why conservative governments tend to increase inequality more than liberal governments.

De hecho, el asunto se extiende más allá de la política y la economía:

There is no reason to think that the effects we have identified here are unique to economic forms of inequality. Research suggests that highly egalitarian women are less happy in their marriages compared with their more traditional counterparts (Wilcox & Nock, 2006), apparently because they are more troubled by disparities in domestic labor (Coltrane, 2000).

En resumen: quedarnos con la manera en que son las cosas bien puede hacernos felices subjetivamente hablando; aún cuando esa misma manera en que son las cosas nos indique que debemos cambiar nuestra manera de enfrentarnos a ellas, o cuando su manera de ser de hecho sea dañina (para mí o para los demás). Esto, creo, da una buena razón no sólo para no ser conservador en política, sino también para no ser conservador acerca de la vida misma. Hay que aprender a ajustarse a los cambios y no racionalizar nuestras fallas, o las de nuestro grupo, o las del sistema en que vivimos. La inferencia al justo medio, al menos la que yo hago, viene al notar que debemos siempre dejar algo fijo para modificar lo que se tenga que modificar, que por más que vayamos en el barco de Teseo (y de Neurath), cambiando placa por placa en medio del mar, no podemos sustituirlas todas al mismo tiempo. Y quizá, de hecho, haya placas que no tengamos que sustituir. Debemos ser flexibles pero resistentes, fundacionistas falibilistas, nómadas y agricultores. Placas movedizas, y con buena disposición.

Los signos de los tiempos, los tiempos psicológicos; el tiempo humano e inconsistente. Ese que nuestro inconsciente, o lo que más se acerque de ello y sea real, diseña, juega, y nos tiende al frente. Los signos que, queramos o no, tenemos que leer. Para nosotros mismos, para no negarnos. Soundtrack: Guitar, House full of time.

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Estar de regreso en México, acostumbrarse de nuevo a esta manera de vida: defeño, chilango, neurótico, la calle apestosa, el insoportable transporte público donde el conductor cree que todos quieren escuchar su reguetón de mierda y el que entra al metro hace caso omiso del “Antes de entrar permita salir”, el conductor neurótico que te toca el claxon cuando no te pasas un alto poco concurrido, el México que extrañas sólo como apéndice a ese México que extrañabas de verdad, el tuyo, el de tu familia y tus amigos, el del lugar al que estás acostumbrado y junto al cual te has venido definiendo por el mero hecho de ser mexicano. Volver a sentir, después de unos días, que sigues siendo mexicano, volverte a acostumbrar, volver a no ver con ojos juiciosos esa mierda a la que nos hemos acostumbrado a fuerza de vivir con ella y de tener que soportarla porque, bueno, porque aquí vivimos y así somos. Mexicano en México que vuelve a soportar la mierda mexicana. Nuestra Patria mierda, de corrupción y clasismo, de Televisa y narcoguerra, la Patria apéndice, la colada a la fiesta de la nostalgia, la rebaba en la superficie de la memoria. El excedente. La aduana para regresar a tu pequeño, pequeño, pequeño nicho. Mexicano en México –otra vez, poco a poco, sólo mexicano. Algo tristemente. Pero otra vez.
Y pensar, a veces, que ya no podrías encontrar un lugar perfecto. ¿No los hay? ¿O no los queremos hacer? En general: ¿no existe? ¿O no lo queremos hacer?

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No una ilusión sin fundamento, ni la trampa vacía de la mera atracción sexual; no el rito que sobrevive como sobreviven, penosamente, todas las tradiciones; no el juego de artistas sufridos que no pueden vivir una vida normal, ni la telenovela implausible; no el continuo drama de gente que no se tolera; no la solución rápida contra la soledad, como si ésta fuera un monstruo del cual se huye como en pesadilla; no la pasión muda que no puede expresarse; no el juego poco confiable de adolescentes; no el trofeo social; no la reactuación edípica; no el pasado lleno de fantasmas que le sobreviven; no los dos mundos diferentes y dispares que nunca se deberían haber comunicado, más que por un absurdo azar; no el autoengaño brutal; no el compromiso forzado. Nada que no sea real. Nada que no sea sincero, total, firme, expresión de una verdad relativamente clara y fácil, fluida, sonriente, normal por lo que es pero extraña entre la madeja de mentiras y cuentos que tanto nos gusta inventar.
No sé qué y aún así, lo busco. (Asumiendo que exista.)

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Cuando era niño leí La Historia Interminable, de Michael Ende, que relata las peripecias de un niño gordo y timorato al introducirse al mundo de la obsesión libresca (la primera escena es ese mismo niño entrando a una librería). En esos momentos yo era, por supuesto, un niño gordo y timorato que luchaba –como siempre– entre vivir su vida tratando de ajustarse a los parámetros de la sociedad–como jugar con otros niños básquet en el parque, digamos –pero también sumergido en la obsesión libresca. La Historia Interminable se convirtió en mi libro favorito durante mucho tiempo. Tuve la “over-confident” idea de escribirle una continuación, que estuve pensando durante meses –así de grande era la influencia del libro sobre mí. Lo leí varias veces, claramente; y, claramente, nunca le escribí ninguna continuación ni nada. Después llegó una época donde casi no leía, hasta que, ya no recuerdo por qué, buscando más libros de Ende, compré Momo y El Espejo en el Espejo. Momo es un gran libro; El espejo en el espejo me fascinó (tenía un aire surrealista y místico, a veces ininteligible, e intercalaba algunas pinturas del padre de Ende –de tendencia surrealista– que lo hacían todavía más misterioso).
En fin, eso no importa. Recordaba La Historia Interminable porque tengo grabada la imagen de Bastian leyendo en su cuarto, en la noche, con la luz apagada, debajo de sus cobijas, usando una linterna, contrariando el mandato de sus padres de dormir ya. Se me quedó esa imagen porque, para cuando la leí, yo ya la había personificado. Tuve entonces esa rara sensación de que un pedacito de mi vida era relatado por una persona extraña a mí, alguien que yo no conocía, pero que parecía conocerme como automáticamente. Es una sensación que hace aparecer a la vida como teniendo un aspecto mágico, no transitorio, y no creo exagerar si pienso que esa sensación constituye la base de muchos esfuerzos humanos.

Uno se puede volver adicto a ello, a sentir que su vida es una historia siendo contada con un tono mágico–a sentir que uno es el Bastian Baltasar Bux de un libro que quién sabe qué o quién esté leyendo, dejándose llevar por la sensación de maravilla y extrañeza que La Historia Interminable logra provocar tan bien. Es como si esta cotidaneidad, la ciudad gris, el jovenzuelo aleatorio entre miles de millones, fuera el bosque de criaturas mágicas que Ende construía.
Por supuesto, la magia es magia porque contradice nuestras ideas acerca de la realidad; porque escapa a los cajones que tenemos diseñados para ella; porque nos produce una sensación de extrañeza y novedad. También por supuesto, estamos acostumbrados a pensar en la magia como ilusionismo y utilería. Y para mí, que nunca he podido conformarme con el ilusionismo, que estoy obsesionado por lo que le subyace, la sensación de magia es justo ese reto. Más que reto, una incomodidad. Uno puede sentir eso, pero aún así preguntarse si no es el ilusionismo de la mente; temiendo comprar un truco de utilería disfrazado de la mecánica del mundo, apostar demasiado por ilusiones que, básicamente, no existen.
Pero, tantas veces, hay que intentar borrar ese temor. No porque se sepa que hay algo real, sino porque no se puede saberlo –al menos ahora, al menos así. En ocasiones es mejor no tener la duda metafísica sobre la realidad o la apariencia. Dejar existir como dejas existir un árbol al pasar a su lado. Vivir como tengas que vivir. Como sea natural. Como los seres de carne y hueso.

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Los números de 2011, como los de 2010 pero ahora de 2011.

Los duendes de las estadísticas de WordPress.com prepararon un reporte para el año 2011 de este blog.

Aqui es un extracto

La sala de conciertos de la Ópera de Sydney contiene 2.700 personas. Este blog fue visto cerca de 13.000 veces en 2011. Si fuese un concierto en la Ópera, se necesitarían alrededor de 5 actuaciones agotadas para que toda esa gente lo viera.

Haz click para ver el reporte completo.

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and so it goes

La verdad es que ahora sí ya estoy hasta la madre y quiero tener un buen año, no uno de esos años fake que parecen buenosaños cuando comienzan, van decayendo poco a poco y que, una vez que pasaste la época del “chécalo amigo, sin compromiso” típico de todo vendedor de fayuca, te salen con que en realidad no eran buenos años, sino un túnel laaargo y angosto, cada vez más oscuro y más angosto, y cada vez más sin luz al final del túnel, porque resulta que eso que creías que era la luz en realidad es un bichito luminoso y pequeño que, como tú, buscaba la salida, pero –MWAHAHA– están ustedes dos en un túnel sin salida, porque ya estás en La Dimensión Desconocida y, pues, WELCOME HOME, YOU ASSHOLE.
Y me vale madre que los años de nuestro calendario sean una poco fiel representación de la vuelta de la Tierra alrededor del Sol, y que a la Madre Tierra, al Tío Sol y al Abuelo Universo les importe un carajo que los pequeños y molestos humanitos judeocristianoccidentales preocupados por qué van a hacer con los pocos años que, con suerte, les quedan de vida, esos molestos, se inventen que cada año empieza algo realmente nuevo (a la medianoche, para ser más exactos) y termina algo realmente viejo; que existen ciclos universales, o al menos locales para nuestro hermoso pero, a la vez, seguramente poco importante planetita (en unos cuantos millones de años, cuando sea destruido por enormes cometas o se quede congelado gracias a la poco graciosa gracia del Tío Sol extinguiéndose (porque, bueno, básicamente nada es para siempre, ¿no? al menos no las enormes estrellas con vida desarrollándose en sus cercanías), es de imaginarse que poca gente en el universo se pondrá a llorar y a contratar plañideras por ello); y que esos ciclos universales, encima de todo, giran alrededor de los shenanigans de unas criaturitas lo suficientemente pretenciosas como para creer que están familiarizados con aspectos no-triviales de sus alrededores, de sus comparsas, y de lo divino mismo.
Pues sí: la verdad es que me regodeo en el cinismo de aceptar que pocas cosas a gran escala cambiarán porque empiece un nuevo año, por un lado, mientras por otro lado aún sigo casi exigiendo, sin mucha pinche base para ello, que de hecho ese nuevo año traiga cosas buenas al menos para la pequeñísima escala de mi ambiente inmediato. “Por una vez, muchacho”, le espeto al Cosmos con un amigable mohín, “no te pases de verga”. (El Universo y yo somos amigos no desde hace mucho, pero ya nos llevamos pesado. Él, digamos, me pone las cosas difíciles; yo le restrego mi existencia en la jeta todos los días).
En realidad es mucho menos un exigir sincero que una intención, igualmente infundada, de mejorar las cosas. La magia de todo esto consiste en tener esa intención justo cuando crees que termina uno de esos supuestos ciclos y empieza otro, porque si algo no vamos a dejar de hacer, es creer que las cosas deben ir bien desde el principio o terminarán por joderse indefectiblemente. (Uno debe ponerse, claro, en el camino correcto desde el punto de partida; no se vale iniciar jodido y luego, tramposamente, arreglar las cosas a la semana. O a mitad del segundo mes; o tres días antes del próximo fin de año.) Así que tengo la intención, ahora sí, de mejorar las cosas. No como todos esos años en que simplemente me daba flojera y me sentaba a esperar a que todo terminara por acomodarse en su lugar mientra yo hacía lo que me tocaba directamente. O como esos años en que secretamente deseaba cosas chidas al principio y luego, llegado el momento, no hacía nada al respecto, porque creía que, fundamentalmente, desear con muchas, muchas fuerzas no cambia directamente a las cosas fuera de tu cabeza. O como esos años en que reconocía que estos rituales simbólicos son lo suficientemente primitivos como para insultar a la mente moderna, y me ponía a jugar Halo (pendeja mente moderna). O como esos años en que tenía miles de expectativas, como tanta gente que también tiene miles de expectativas; pero al encontrarme con ellas (ahora convertidas en hechos) recordaba el lugar común sobre la onda de que a veces lo peor de todo es un deseo cumplido, y su primo el lugar no tan común sobre la onda de que a veces deseamos cosas con las que, cuando las obtenemos, no sabemos cómo lidiar, o que llevan a otras cosas con las que no sabemos cómo lidiar, y concluía que la mejor idea de todas es encerrarse en un cuarto blanco y aislado a no desear para nunca jamás y así dejar que lo bueno o malo que uno tenga para contribuir en este universito quede encerrado en el polvoso cajón de lo meramente potencial.
No, no. Este año me regodeo en el cinismo de reconocer lo de los rituales primitivos y de poner mi moderna mente a regodearse en ellos (está usted invitado). Es más cómodo así y, además, algo de primitividad nunca mató a nadie; ni parece que comience a hacerlo ahora. Así que hoy me entregaré al suave placer de abandonar el nihilismo comodón en favor de comprar la ficción socialmente construida de los rituales cotidianos (el trabajo de ocho horas, la relación sentimental vacía, la posición social, los libros que lees y los que recomiendas, ir al cine y comprar palomitas, brindarle dos minutos a pensar sobre tu opción política, la belleza del producto navideño con el precio inflamado hasta el elefantismo), que hoy vienen con la promoción de tomarse en serio el 31 de Diciembre como el fin de algo importante, el fin de una época, la marca más o menos definida de un momento en que las cosas pasan a tener una nueva y luminosa característica. Viva el Año Nuevo. Larga vida a las tenues esperanzas que nos tenemos que hacer, y que luego se nos olvida que nos hicimos, para no dejar que la guerra en el país lejano o la hambruna de la minoría étnica cuyo nombre no podemos pronunciar, o el descabezado en turno, o la pareja de la ex-pareja, o el remordimiento de saber que estás tirando tu vida a la mierda pero no se te ocurre una mejor cosa que hacer, o la certeza de que, por más que lo intentes, siempre seguirás siendo la misma pieza de fina e irremediable basura, para no dejar que todo ello, o alguna de sus partes, nos termine por joder. Larga vida a todo aquéllo que, por el momento, nos mantenga vivos.
Supongo.

Así que, aunque en mi lista de año nuevo tengo básicamente las mismas cosas de mi lista de hace dos años, también tengo unas ganas cabronas y algo inauditas en mí de ya saber cómo me fue en 2012, porque ahora más que antes, o más que otros años hasta donde recuerde, tengo algunos planes relativamente detallados –aunque, como dice Iñárritu que le decía su abuela: “si quieres hacer reír a Dios, cuéntale tus planes”, pues uno no sabe qué tipo de chistes le parecerán graciosos a Dios en tal o cual momento, ¿verdad? En una de esas uno tiene planes que resultan correctos y Dios no tiene problema con ello y no le dan risa. Pero mi idea es básicamente acabar la maestría este año que viene y trabajar en las solicitudes para el doctorado en U, S and A (América: ese país con forma de toro gordo y descabezado), de tal manera que para finales de año tales cosas estén más que listas y tenga una probabilidad razonable de (a) conseguir un buen doctorado y (c) conseguirlo en una ciudad decente y no un pinche pueblo americano donde la diversión consista en quejarse y sufrir hasta la médula por vivir en un pinche pueblo americano. (De hecho, y hablando de, en una de esas solicito también al UK y a Australia; estaría muy cagado que me quedara en, digamos, Melbourne, porque nunca me he chutado un sitcom australiano como para más o menos saber qué pendejadas le gustan a los australianos promedio, ni, por supuesto, tengo una referencia cultural más o menos seria además del capítulo de Los Simpsons en que van a Australia y las veces que he tomado cerveza australiana (oficialmente, Foster’s es mi cerveza favorita)).
Por supuesto, terminar la maestría significa también terminar con el estado ideal del ser humano: el becado. (Ponga usted la cosa de las becas mucho más fácil en su país, y siéntese a ver cómo florece en una nueva Grecia, y sin necesidad de esclavos. (Esperamos.)) De lo que se sigue que el año 2012 es el año, según el horóscopo chilango, del trabajo (según el horóscopo chino, el 2012 es el año del chilango, así que ya saben); el año en que me toca partirme la espalda y bla, bla…, blá, a fin de conseguirme el sustento, el chupe y la dignidad de no ser alimentado por tus padres mientras pasas por el duelo de terminar la maestría, cortarte la saludable beca, y trabajarle cabrón a tus solicitudes del doctorado en países extranjeros que, aunque por un lado te emociona visitar, por otro lado también sabes que estarás sacado de pedo y deprimido mientras vuelves a encontrar manera (que nunca es nada fácil, al menos no para el tipo obstinado que soy) de sentirte “settled down” con todas las de la ley, con todas sus letras, “settled down” y no mamadas; mientras te acomodas para poder sentirte con suficiente cancha para trabajar seriamente, así como ahora puedes trabajar seriamente y con deliciosa comodidad en la casa de Contreras, donde cocinas lo que quieres, lees y escribes con suavidad, y te sientes bendecido por haber encontrado un remanso donde, si necesitas relajar la cabeza, puedes jugar con las perritas de la casa o tirarte a ver Friends (mientras Ross y Rachel se separan y juntan una y otra, una y otra aburrida vez; y uno piensa: vamos, joder, terminad de una puta vez; o comenzad de una puta vez; pero sin ello, claro, la serie pierde el que quizá sea su motivo principal y la comedia fantástica que también es Friends se hubiera ido al carajo prematuramente, para desgracia de nosotros, sus fans).
Así que voy pensando al año 2012 como un año de puente (si todo sale bien y Dios no se ríe de mis planes, como se ríe de los planes del personaje de Gael García en Amores Perros), entre lo puro y duro de la maestría, cuando tuve algunos de los mejores días de mi vida solitaria viviendo en la casa de Contreras, y la muestra esperamos no absolutamente representativa de lo que es ser un graduate en U, S and A que fue 2011, y lo puro y duro de comenzar el doctorado que podría ser 2013 si todo va bien y logro lugar en una universidad chidita de allá. Pero también voy pensando a 2012 como el año en que, como dije en el ahora cada vez más lejano inicio de este post, La verdad es que ahora sí ya estoy hasta la madre y quiero tener un buen año. En todo aspecto. Me rifaré terminando mi tesis, buscando trabajo, incluso me rifaré intentando hacer lo mejor que pueda con mi personalidad obsesiva y que no puede vivir sin dejar de desear vínculos profundos y duraderos. Porque no me interesan las relaciones falsas y de weva, y cuando tenga una relación falsa y de weva lo sabré ipso facto y viviré con ello mientras dure, pero nada más, ni me interesa meramente esperar por ello, porque realmente quiero vivir también el aspecto chido de ello; ni me interesa hacer nada que no me interese hacer, porque ya de por sí tendré –si todo sale bien, y de verdad quiero que todo salga bien– que lidiar con un trabajo y –oh, sobre todo, sobre todo, todo– la horrenda tramitología que implica tener un trabajo y vivir en sociedad y respirar y eso. Así que haré lo que se pueda por tener un buen año que, joder, no pinta nada fácil pero que, joder, también tengo ganas de que resulte bien. Jodidamente bien. Nada de tiempo perdido, tanta de esa mierda que tuve en 2011 fue suficiente. No time to lose. This is it. Here I go. Again. But. Now. Cooler. Que llueva. Que llueva. La virgen. De la cueva.
Déjame pasar.
Con todos mis
hijos
menos
eldeatrás

…Feliz Año Nuevooo!

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“of Mexican heritage”

No faltaron mis encuentros con mexicanos en mi estancia en Estados Unidos. En mis últimas horas de turismo neoyorquino, en el Brooklyn Heights Promenade, tuve la suerte de encontrarme una pareja de mexicanos, viviendo ahora en California por lo que me dijeron, que me sacaron la foto kitchosamente turística de mi sonriente jeta con el puente de Brooklyn al fondo.Yo y mi roommate-for-a-week comemos en un Burger King dentro de uno de los campus de Rutgers, donde la que atiende es una exasperada muchacha con toda probabilidad mexicana (el me pregunta si no quiero charlar en español con ella un rato; yo respondo que no creo que tuviéramos mucho de qué hablar). Un ex-compañero mío de la UNAM es graduate student en el departamento de filosofía. Un ingeniero de Monterrey que atiende también a la charla para estudiantes extranjeros visitando Rutgers. Entre ellos y yo encuentro los aspectos en común obvios: ciertos cachitos de historia compartida, de referencias culturales, de lugares de nacimiento, una nacionalidad y un lenguaje (el gusto, en el caso relevante, por la filosofía, la historia en la UNAM, el círculo social más o menos estrecho que es la academia). Qué importante es todo ello en muchas ocasiones; pero también, a veces, qué irrelevante. En nuestra misma familia, entre hermanos, tíos, abuelos, primos y padres, cuántas cosas nos separan uno de los otros. Como dice el lugar común, cada cabeza es un mundo, y los puentes entre esos mundos a veces necesitan de cosas más profundas que un certificado de nacimiento para poder afianzarse. En tantas ocasiones necesitamos mucho más que ello, una muy específica línea de pensamiento, intereses muy locales, historias muy pequeñas. La herencia mexicana a veces es sólo un pretexto. Y aún así, ese pretexto puede, en ciertas circunstancias, cobrar tanta importancia. Un pretexto para no sentirse tan diferente, tan extraño: qué bien se siente poder pedir direcciones en español, o recordar cómo suena la palabra “chingón” en boca de otra persona, o volver a probar el mole; saberse miembro de un clan –todavía no diferenciado por los estados de la República, por la clase social, por la generación, por los gustos específicos.
Y con todo, sigue siendo un pretexto. Cada uno en la dirección tendida por el camino que ha tomado y que lo ha llevado hasta donde nos encontramos; en esos caminos que surgen de lugares todavía tan distintos y que buscan direcciones tan alejadas.

Rivera en el MoMA. Me salto la mayor parte de la exposición. Tiene logros enormes, por supuesto; pero me siento más atraído por el arte decididamente “contemporáneo” (las comillas son para reconocer la innegable oscuridad de la etiqueta): la carreta de Christo, la maquinaria insoluble de Duchamp, el arte conceptual cínico y burlón, pero también tantas veces técnica expresando las entrañas mismas, a la manera de los grandes maestros clásicos. (Mi siglo favorito sigue siendo, después de todo, el veinte). Rivera está con los obreros de gestos ardientes, las cadenas a reventar, el campesino que liderea el paso de la Historia. Es un logro enorme. Y aún, me siento más feliz entre los irónicos pinceles de Arman o la posmoderna instalación silenciosa, tendida en la sala, con el mutismo frío del arte que se recoje del suelo para empacarse y volverse a instalar en la próxima exposición bajo las instrucciones del manual, ese arte que necesita de ingenieros para armarse, no del arte que se encierra en un cuadro para siempre.

(Camino de prisa por el MoMA, porque se acaba la tarde; la tarde que es gratis, el Target free friday. Camino de prisa también porque hay tanto más que ver, además del desesperante Mondrian que repiten en todas las historias de la pintura del siglo XX; camino de prisa también porque hay tanto más que ver en esta ciudad y una fuerza extraña –la misma fuerza que nos lleva a tomarnos fotos en lugares, a comprar recuerditos, a caminar de prisa entre nuestros destinos– me lleva a pensar que hay que cubrir el mayor terreno posible. Entonces me doy cuenta de esto, esta leve ansiedad: ser turista es envanecerse por las superficies, contentarse con visitar los puntos famosos, estar ahí sólo para la foto (hay tantos turistas de la vida)).

Esto me lleva a pensar que, en cuanto me siguen fascinando sus más grandes revoluciones, soy un innegable hijo del XX. Y no me molesta mi posición. Los clásicos fueron nuestros maestros; pero los maestros también se equivocan, o no lo hacen pero obedecen a su época; los clásicos también tuvieron maestros; los clásicos también buscaban alumnos que perpetraran su obra bajo la mejor dirección posible (de acuerdo a sus valores) y, si hemos fallado en esa tarea, que la Historia nos recrimine, porque hemos hecho lo que nos parecía lo mejor. (La tremenda cita de Russell:

One defect, however, does seem inherent in a purely classical education—namely, a too exclusive emphasis on the past. By the study of what is absolutely ended and can never be renewed, a habit of criticism towards the present and the future is engendered. The qualities in which the present excels are qualities to which the study of the past does not direct attention, and to which, therefore, the student of Greek civilisation may easily become blind. In what is new and growing there is apt to be something crude, insolent, even a little vulgar, which is shocking to the man of sensitive taste; quivering from the rough contact, he retires to the trim gardens of a polished past, forgetting that they were reclaimed from the wilderness by men as rough and earth-soiled as those from whom he shrinks in his own day. The habit of being unable to recognise merit until it is dead is too apt to be the result of a purely bookish life, and a culture based wholly on the past will seldom be able to pierce through everyday surroundings to the essential splendour of contemporary things, or to the hope of still greater splendour in the future.

(“The place of science in a liberal education”))

Ser un hijo del XX es también aceptar las múltiples direcciones de las que vienen nuestros insumos culturales y los múltiples destinos que ellas tienen, de una manera mucho más rápida y efectiva que en cualquier otro punto de la historia. Es el lituano Maciunas viviendo en New York City, Kerouac on the road al México peyotero que, bajo su visión romántica, representaba el paraíso perdido; la mezcla de religiones –el cristianismo en la licuadora con el Bhagavad Gita; los mayas con la astrología ptolemaica; Odín en camiseta hawaiiana–; el arroz al curry con pepsi light; el pochismo inocente del inmigrante ya establecido. La herencia mexicana es un pretexto: reconocemos nuestras raíces para volvernos extranjeros en ellas; miramos a ellas en retrospectiva, a lo que somos de nacimiento pero desde lo cual partimos. Somos mexicanos sólo para circular por algo que no sé cómo llamar, si no “comunidad internacional”: ahí donde, sí, las raíces valen para diferenciarnos y establecernos en los cajones del estereotipo o del sincero intercambio cultural; pero donde, también, esas raíces sirven para contrastar las ramas que hemos extraído de ellas a fuerza de poner las primeras entre paréntesis (como, me parece, pasa con el “Carta Blanca” de Orozco). Es una curiosidad bordeante con la paradoja: reconocerse mexicano sólo para ser otra cosa más; para extraer de la mexicaneidad lo que nos posiciona en un circuito que sintetiza diferencias, que matiza otras, o que, en sus malos aspectos, lleva al fundamentalismo y el patrioterismo temeroso.

Tener una nacionalidad, y saberse de ella frente a otras, es tener un vantage point, una posición de ventaja desde la cual se pueden admirar todas las otras: podemos culpar las diferencias, curiosear con ellas, mostrarnos a nosotros mismos esas costumbres ya bien afianzadas. Pero no mucho más.

De José Alfredo Jiménez al artista de galería, del cine alburero al nuevo cine mexicano (incluyendo al chafa autor upscale tratando –y fallando, pero él no lo sabe– de retratar el México underground), de los taquitos de 12 dólares en el restaurante mexicano en SoHo a las gorditas callejeras defeñas de 12 pesos: ese espectro casi ridículo por lo amplio, donde el inmigrante legalizado todavía sigue siendo diferente del turista que viaja en primera clase a New York City, es el espectro ridículo de una mexicaneidad que, aunque flexible y porosa, sigue teniendo su propia marca, lo suyo en diferencia. Es, después de todo, una misma cultura, la herencia mexicana. Una herencia a la que, quiera o no, pertenezco; pero también una que no es más, lo quiera ella o no, que una herencia: que se gasta y se transforma, que se invierte y se lava. Y, a veces, tantas veces, no más que un pretexto.

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Romero en Nueva York

Paseos en New York City, por fin oficialmente turísticos. Subo al mirador del Empire State Building ayer por la mañana. En la guía de turistas (narrada por una supuesta hija de inmigrantes puertorriqueños que no se cansa de practicar un sutil patronizing) explican la guerra simbólica de empresarios del primer siglo XX, en batallas de un edificio tras otro, configurando el Manhattan skyline. Pienso: básicamente, son primates midiéndose las vergas, a ver quién la tiene más grande.

Pero nada se compara con esa vista. Siento una especie de estremecimiento ante la ciudad que se extiende enfrente de mí, a lo lejos, al parecer tan pequeña, tan domesticable, tan compacta y densa (pienso: se necesitarán meses de vivir aquí para comenzar a darse cuenta de lo interminable que es). Siento una especie de estremecimiento al pensar en cómo esa guerra fálica de monos billonarios puede traer este tipo de belleza. No es la belleza de una flor deslumbrante o de una playa aguamarina, es la belleza pesada y brutal del hierro –esa belleza que a Hegel le gustaba ensalzar sobre la belleza de la naturaleza, porque es obra del Geist. Es la belleza que los monos luchando para ser el macho alfa logran crear, casi por accidente, como un efecto secundario. El resultado de las aspiraciones, bobas y perecederas, de animales que no aprendieron a volar o a vivir bajo el agua, que tuvieron que resignarse a bajarse de los árboles y caminar por la tierra, sustituyendo esas faltas por un enorme cerebro y las oscuras redes que éste se tiende. Es, en el lugar común, la belleza que surge del caos y la brutalidad.

Qué grandes son los edificios y qué pequeños somos frente a ellos, nuestras propias creaciones: inamovibles, mudos, imbéciles, gigantes tontos. La ciudad cubierta de sombras bajo su propio mandato; iluminada también con los soles artificiales, exactos, de sus pasarelas.

Qué pequeña es New York City, tan walkable, y qué concentrada es, capital del mundo. Baudrillard, en America: “The masks old age or death conferred in archaic cultures are worn here by youngsters of twenty or twelve. But this reflects the city as a whole. The beauty other cities only acquired over centuries has been achieved by New York in fifty years.”

Los turistas somos esa parte permanente pero fluctuante de la ciudad – siempre hay una masa como nosotros pero, río heracliteano, nunca es la misma.

“In New York there is this double miracle: each of the great buildings and each of the ethnic groups dominates or has dominated the city – after its own fashion. Here crowdedness lends sparkle to each of the ingredients in the mix whereas elsewhere it tends to cancel out differences.” (Baudrillard)

Historia del universo en el American Museum of Natural History narrada por Woopi Goldberg en 30 minutos. Hermoso. 25 dólares. Turismo de primer mundo, prohibido a la enorme mayoría de él. Viendo la reconstrucción de los hechos que nos brinda la ciencia, me digo que esto es una injusticia de primer orden. W. Benjamin, famosamente, dijo que cada documento de la cultura era uno de la barbarie: la cultura florece sólo cuando los pueblos que la detentan se han impuesto unos sobre otros, o ellos sobre la naturaleza no humana, o ha habido un acto similar de exclusión y explotación. Seguro la tesis de Benjamin, una generalización empírica, es contingente, incluso quizá no completamente general. Pero mientras viajas fuera de la galaxia guiado por Goldberg es difícil no dejar de pensar en ello, en cuánta felicidad los logros de la ciencia y el entretenimiento –y de ellos juntos– pueden traer y cómo esas potencias son también un signo de la exclusión. Y cómo –sobre todo– hacemos tantas cosas por el mero placer de no compartirlas, de diferenciarnos gracias a ello.

Es de notar qué buena proporción del turismo aquí está enfocado al llano consumo. 5th ave, por supuesto; también el Rockefeller Center o Times Square, incluso los barrios étnicos. Qué fácil nos relacionamos con ello –la metrópoli en donde podemos buscar la moda, probárnosla, pagar por ella deslizando la tarjeta–, más que con las inexpugnables pirámides o la ciudad decimonónica, rastros de esos mundos a los que ya no pertenecemos, en donde no había 4G, cuando la vida era diferente.

Ground Zero, el 9/11 Memorial. Estremecedor. Nadie de Filosofía y Letras que esté aquí puede evitar pensar en las víctimas de la propia política exterior de USA mientras ve esto –ésas que no tuvieron un memorial–; pero esa vena “antiyankee” no es capaz, ni debería serlo, de callar esto, un luto real y sincero. Dos enormes fuentes en donde solían estar las bases de las torres. Las fuentes fluyen hacia un espacio amplio, en el centro del cual hay un agujero cuadrado y oscuro, sin fondo. Las fuentes que simbolizan el tránsito de las almas y las lágrimas, el luto blanco y negro, el agujero sin fondo de la muerte desconocida.
Al lado, afuera, una directa tienda de souvenirs. Pasan un documental, también luctuoso y profundo. Hay piezas de hierro de las torres, el casco de un bombero que salvó dos vidas, un billete de $2 que atestigua la separación de una pareja –ambos en su segundo matrimonio– separada por la muerte. Venden documentales, libros, parafernalia en general. Me compré una sudadera, por el puro placer de titilar entre lo kitsch y cínico que es vender memorabilia, y el real y firme gesto de luto y apoyo.

García Lorca:
“No preguntarme nada. He visto que las cosas
cuando buscan su curso encuentran su vacío”

Camino atravesando Wall Street (uno de sus agentes platicando con la otra, hablando del ya icónico 99%), hasta la costa. Es increíble cuánta actividad puede haber en un espacio –el Financial District– que uno puede caminar en media hora. De regreso en la tienda de souvenirs, un toro de oro con el letrero: “Wall Street”. Es un interesante tipo de totemismo: en paralelo, la biblioteca pública, en la 5a, es resguardada por un león.


Voy y vengo en el camión, de New Brunswick a la terminal Port Authority. Entrar a la ciudad es siempre una emoción como de niño pequeño, siempre frente a los grandes edificios de departamentos, a través de los cuales los rayos de Sol se saben salvíficos, anunciando siempre que hoy es un nuevo día, diferente, extenso, lleno de posibilidades. Es una ciudad infinita, siempre nueva un día después del otro, con sus diferentes capas y diferentes humores. Y, sobre todo, con la extraña unidad que los edificios típicos de departamentos pueden darle al breve resumen del mundo que ella es.

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Extrañamos no (simplemente) el lugar que dejamos; sino el que nos acompaña en la cabeza, el que se quedó ahí – en las imágenes y los ruidos, los olores, las sensaciones indescriptibles. Extrañamos las emociones que asociamos con todo ello, las lecciones que aprendimos y olvidamos, los fragmentos que no podemos recordar y los inolvidables. Llevamos con nosotros un docuficción, parte historia real, parte construcción ficticia de nuestros deseos, miedos y esperanzas. Llevamos con ello nuestra historia; lo más cercano que conozco al amor por una no-persona. Extraño los lugares y momentos en que pude sentirme yo mismo, conciente, vivo, despierto –mejor: en que, visto desde ahora, me sentía despierto. (Somos autómatas gran parte del día). Asentarse en un lugar es saber trazar varias historias con él, en su paralelo, una después de la otra – no una rutina, que es automática; sino una historia, bien escrita, delineada, con plan y maña: sólo cuando se logra descubrir un ritmo –el ritmo de ciertos locales, pequeños, para los timoratos; el ritmo de trozos más grandes, para los ambiciosos– y jugar con él.
Extrañamos no (simplemente) lo que dejamos, sino lo que nosotros vimos en ello; la reacción, el puente entre aquéllo y uno mismo. Lo que ello hizo en nosotros, lo que de ello se quedó en nosotros.

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