La verdad es que ahora sí ya estoy hasta la madre y quiero tener un buen año, no uno de esos años fake que parecen buenosaños cuando comienzan, van decayendo poco a poco y que, una vez que pasaste la época del “chécalo amigo, sin compromiso” típico de todo vendedor de fayuca, te salen con que en realidad no eran buenos años, sino un túnel laaargo y angosto, cada vez más oscuro y más angosto, y cada vez más sin luz al final del túnel, porque resulta que eso que creías que era la luz en realidad es un bichito luminoso y pequeño que, como tú, buscaba la salida, pero –MWAHAHA– están ustedes dos en un túnel sin salida, porque ya estás en La Dimensión Desconocida y, pues, WELCOME HOME, YOU ASSHOLE.
Y me vale madre que los años de nuestro calendario sean una poco fiel representación de la vuelta de la Tierra alrededor del Sol, y que a la Madre Tierra, al Tío Sol y al Abuelo Universo les importe un carajo que los pequeños y molestos humanitos judeocristianoccidentales preocupados por qué van a hacer con los pocos años que, con suerte, les quedan de vida, esos molestos, se inventen que cada año empieza algo realmente nuevo (a la medianoche, para ser más exactos) y termina algo realmente viejo; que existen ciclos universales, o al menos locales para nuestro hermoso pero, a la vez, seguramente poco importante planetita (en unos cuantos millones de años, cuando sea destruido por enormes cometas o se quede congelado gracias a la poco graciosa gracia del Tío Sol extinguiéndose (porque, bueno, básicamente nada es para siempre, ¿no? al menos no las enormes estrellas con vida desarrollándose en sus cercanías), es de imaginarse que poca gente en el universo se pondrá a llorar y a contratar plañideras por ello); y que esos ciclos universales, encima de todo, giran alrededor de los shenanigans de unas criaturitas lo suficientemente pretenciosas como para creer que están familiarizados con aspectos no-triviales de sus alrededores, de sus comparsas, y de lo divino mismo.
Pues sí: la verdad es que me regodeo en el cinismo de aceptar que pocas cosas a gran escala cambiarán porque empiece un nuevo año, por un lado, mientras por otro lado aún sigo casi exigiendo, sin mucha pinche base para ello, que de hecho ese nuevo año traiga cosas buenas al menos para la pequeñísima escala de mi ambiente inmediato. “Por una vez, muchacho”, le espeto al Cosmos con un amigable mohín, “no te pases de verga”. (El Universo y yo somos amigos no desde hace mucho, pero ya nos llevamos pesado. Él, digamos, me pone las cosas difíciles; yo le restrego mi existencia en la jeta todos los días).
En realidad es mucho menos un exigir sincero que una intención, igualmente infundada, de mejorar las cosas. La magia de todo esto consiste en tener esa intención justo cuando crees que termina uno de esos supuestos ciclos y empieza otro, porque si algo no vamos a dejar de hacer, es creer que las cosas deben ir bien desde el principio o terminarán por joderse indefectiblemente. (Uno debe ponerse, claro, en el camino correcto desde el punto de partida; no se vale iniciar jodido y luego, tramposamente, arreglar las cosas a la semana. O a mitad del segundo mes; o tres días antes del próximo fin de año.) Así que tengo la intención, ahora sí, de mejorar las cosas. No como todos esos años en que simplemente me daba flojera y me sentaba a esperar a que todo terminara por acomodarse en su lugar mientra yo hacía lo que me tocaba directamente. O como esos años en que secretamente deseaba cosas chidas al principio y luego, llegado el momento, no hacía nada al respecto, porque creía que, fundamentalmente, desear con muchas, muchas fuerzas no cambia directamente a las cosas fuera de tu cabeza. O como esos años en que reconocía que estos rituales simbólicos son lo suficientemente primitivos como para insultar a la mente moderna, y me ponía a jugar Halo (pendeja mente moderna). O como esos años en que tenía miles de expectativas, como tanta gente que también tiene miles de expectativas; pero al encontrarme con ellas (ahora convertidas en hechos) recordaba el lugar común sobre la onda de que a veces lo peor de todo es un deseo cumplido, y su primo el lugar no tan común sobre la onda de que a veces deseamos cosas con las que, cuando las obtenemos, no sabemos cómo lidiar, o que llevan a otras cosas con las que no sabemos cómo lidiar, y concluía que la mejor idea de todas es encerrarse en un cuarto blanco y aislado a no desear para nunca jamás y así dejar que lo bueno o malo que uno tenga para contribuir en este universito quede encerrado en el polvoso cajón de lo meramente potencial.
No, no. Este año me regodeo en el cinismo de reconocer lo de los rituales primitivos y de poner mi moderna mente a regodearse en ellos (está usted invitado). Es más cómodo así y, además, algo de primitividad nunca mató a nadie; ni parece que comience a hacerlo ahora. Así que hoy me entregaré al suave placer de abandonar el nihilismo comodón en favor de comprar la ficción socialmente construida de los rituales cotidianos (el trabajo de ocho horas, la relación sentimental vacía, la posición social, los libros que lees y los que recomiendas, ir al cine y comprar palomitas, brindarle dos minutos a pensar sobre tu opción política, la belleza del producto navideño con el precio inflamado hasta el elefantismo), que hoy vienen con la promoción de tomarse en serio el 31 de Diciembre como el fin de algo importante, el fin de una época, la marca más o menos definida de un momento en que las cosas pasan a tener una nueva y luminosa característica. Viva el Año Nuevo. Larga vida a las tenues esperanzas que nos tenemos que hacer, y que luego se nos olvida que nos hicimos, para no dejar que la guerra en el país lejano o la hambruna de la minoría étnica cuyo nombre no podemos pronunciar, o el descabezado en turno, o la pareja de la ex-pareja, o el remordimiento de saber que estás tirando tu vida a la mierda pero no se te ocurre una mejor cosa que hacer, o la certeza de que, por más que lo intentes, siempre seguirás siendo la misma pieza de fina e irremediable basura, para no dejar que todo ello, o alguna de sus partes, nos termine por joder. Larga vida a todo aquéllo que, por el momento, nos mantenga vivos.
Supongo.
Así que, aunque en mi lista de año nuevo tengo básicamente las mismas cosas de mi lista de hace dos años, también tengo unas ganas cabronas y algo inauditas en mí de ya saber cómo me fue en 2012, porque ahora más que antes, o más que otros años hasta donde recuerde, tengo algunos planes relativamente detallados –aunque, como dice Iñárritu que le decía su abuela: “si quieres hacer reír a Dios, cuéntale tus planes”, pues uno no sabe qué tipo de chistes le parecerán graciosos a Dios en tal o cual momento, ¿verdad? En una de esas uno tiene planes que resultan correctos y Dios no tiene problema con ello y no le dan risa. Pero mi idea es básicamente acabar la maestría este año que viene y trabajar en las solicitudes para el doctorado en U, S and A (América: ese país con forma de toro gordo y descabezado), de tal manera que para finales de año tales cosas estén más que listas y tenga una probabilidad razonable de (a) conseguir un buen doctorado y (c) conseguirlo en una ciudad decente y no un pinche pueblo americano donde la diversión consista en quejarse y sufrir hasta la médula por vivir en un pinche pueblo americano. (De hecho, y hablando de, en una de esas solicito también al UK y a Australia; estaría muy cagado que me quedara en, digamos, Melbourne, porque nunca me he chutado un sitcom australiano como para más o menos saber qué pendejadas le gustan a los australianos promedio, ni, por supuesto, tengo una referencia cultural más o menos seria además del capítulo de Los Simpsons en que van a Australia y las veces que he tomado cerveza australiana (oficialmente, Foster’s es mi cerveza favorita)).
Por supuesto, terminar la maestría significa también terminar con el estado ideal del ser humano: el becado. (Ponga usted la cosa de las becas mucho más fácil en su país, y siéntese a ver cómo florece en una nueva Grecia, y sin necesidad de esclavos. (Esperamos.)) De lo que se sigue que el año 2012 es el año, según el horóscopo chilango, del trabajo (según el horóscopo chino, el 2012 es el año del chilango, así que ya saben); el año en que me toca partirme la espalda y bla, bla…, blá, a fin de conseguirme el sustento, el chupe y la dignidad de no ser alimentado por tus padres mientras pasas por el duelo de terminar la maestría, cortarte la saludable beca, y trabajarle cabrón a tus solicitudes del doctorado en países extranjeros que, aunque por un lado te emociona visitar, por otro lado también sabes que estarás sacado de pedo y deprimido mientras vuelves a encontrar manera (que nunca es nada fácil, al menos no para el tipo obstinado que soy) de sentirte “settled down” con todas las de la ley, con todas sus letras, “settled down” y no mamadas; mientras te acomodas para poder sentirte con suficiente cancha para trabajar seriamente, así como ahora puedes trabajar seriamente y con deliciosa comodidad en la casa de Contreras, donde cocinas lo que quieres, lees y escribes con suavidad, y te sientes bendecido por haber encontrado un remanso donde, si necesitas relajar la cabeza, puedes jugar con las perritas de la casa o tirarte a ver Friends (mientras Ross y Rachel se separan y juntan una y otra, una y otra aburrida vez; y uno piensa: vamos, joder, terminad de una puta vez; o comenzad de una puta vez; pero sin ello, claro, la serie pierde el que quizá sea su motivo principal y la comedia fantástica que también es Friends se hubiera ido al carajo prematuramente, para desgracia de nosotros, sus fans).
Así que voy pensando al año 2012 como un año de puente (si todo sale bien y Dios no se ríe de mis planes, como se ríe de los planes del personaje de Gael García en Amores Perros), entre lo puro y duro de la maestría, cuando tuve algunos de los mejores días de mi vida solitaria viviendo en la casa de Contreras, y la muestra esperamos no absolutamente representativa de lo que es ser un graduate en U, S and A que fue 2011, y lo puro y duro de comenzar el doctorado que podría ser 2013 si todo va bien y logro lugar en una universidad chidita de allá. Pero también voy pensando a 2012 como el año en que, como dije en el ahora cada vez más lejano inicio de este post, La verdad es que ahora sí ya estoy hasta la madre y quiero tener un buen año. En todo aspecto. Me rifaré terminando mi tesis, buscando trabajo, incluso me rifaré intentando hacer lo mejor que pueda con mi personalidad obsesiva y que no puede vivir sin dejar de desear vínculos profundos y duraderos. Porque no me interesan las relaciones falsas y de weva, y cuando tenga una relación falsa y de weva lo sabré ipso facto y viviré con ello mientras dure, pero nada más, ni me interesa meramente esperar por ello, porque realmente quiero vivir también el aspecto chido de ello; ni me interesa hacer nada que no me interese hacer, porque ya de por sí tendré –si todo sale bien, y de verdad quiero que todo salga bien– que lidiar con un trabajo y –oh, sobre todo, sobre todo, todo– la horrenda tramitología que implica tener un trabajo y vivir en sociedad y respirar y eso. Así que haré lo que se pueda por tener un buen año que, joder, no pinta nada fácil pero que, joder, también tengo ganas de que resulte bien. Jodidamente bien. Nada de tiempo perdido, tanta de esa mierda que tuve en 2011 fue suficiente. No time to lose. This is it. Here I go. Again. But. Now. Cooler. Que llueva. Que llueva. La virgen. De la cueva.
Déjame pasar.
Con todos mis
hijos
menos
eldeatrás
…Feliz Año Nuevooo!